Agua, ritos y secretos. Santa Eulalia de Bóveda (Lugo)

Nos acercamos hasta Santa Eulalia de Bóveda, un santuario tardo-romano del siglo III, ubicado en Lugo (Galicia).

Canal Patrimonio_Zoa Escudero Navarro

Hoy es un espacio más bien extraño, semienterrado y umbrío, casi escondido en medio de la pequeña localidad lucense de Bóveda de Mera, a escasos quince kilómetros de la capital; un recinto rectangular con aspecto de cripta, al que se accede atravesando un pequeño pórtico con puerta de herradura, y en el que todo resulta bastante insólito. Las tres descarnadas columnas, que parecen apuntar a una parte de la cubierta que ya no está; un estanque somero en el centro; la abundante pintura mural de las paredes, repleta de aves, los inexplicables nichos laterales y del fondo de la nave, una piedra plana sobre un tosco pedestal… distintos indicios de encontrarnos en un espacio vetusto aunque de indefinida antigüedad, rústico y monumental, suntuoso pero mutilado, algo achacoso y muy sugerente, todo a la vez.

Si nos hemos detenido lo suficiente en el atrio, quizá hayamos observado los desgastados relieves de los sillares exteriores del pórtico y de la fachada. Unas singulares escenas contienen personajes danzantes, aislados o en grupo, portando guirnaldas, hay una par de aves zancudas, una fiera rampante, figuras que parecen representar hombres lisiados y otra que quizá muestra un planeta; en definitiva, un conjunto de signos e imágenes enigmáticas que por sí solas bastarían para mostrar la rareza del monumento.

En torno a un siglo después de su descubrimiento, tras innumerables intervenciones, análisis y estudios, sigue sin aclararse completamente la función y cronología de este edificio, en parte a causa de cómo se produjo su descubrimiento y de los posteriores trabajos que se hicieron en el mismo, algunos con dudoso acierto. Se han propuesto múltiples interpretaciones sobre su finalidad original, como lugar de baños salutíferos, ninfeo, lugar de culto a las aguas de origen prerromano, tumba de Prisciliano, mausoleo, templo dedicado a Isis a Serapis o Cibeles, baptisterio, iglesia paleocristiana, visigoda o asturiana, a la vez que se han propuesto distintas dataciones, entre los siglos IV y X. Desde luego, en lo que contemplamos hoy, poco o nada nos recuerda a una iglesia.

A pesar de la atención que se le ha dedicado, por lo atípico de sus características, en la actualidad se nos presenta aún como un cúmulo de incógnitas indescifrables, por la mezcla de rasgos que podrían pertenecer tanto al mundo romano tardío como a los balbuceos de la Edad Media, y a un edificio de uso “pagano” que acabó convirtiéndose en un templo cristiano, dedicado a la mártir Santalla (Santa Olaia o Santa Baia, formas en gallego de Santa Eulalia), que da nombre a la aldea y a la pequeña iglesia parroquial instalada en el siglo XVIII casi encima del edificio y cuya construcción santificó este lugar ancestral de culto.

Secretos desde el principio

Las crónicas oficiales cuentan que fue descubierta casualmente en septiembre de 1926 por el párroco de la localidad, José Penado, al excavar junto a la iglesia de Santa Eulalia, pasando la noticia al obispado, de la que se hizo eco enseguida la Real Academia Gallega y comenzándose entonces los trabajos de excavación y desescombro.

Al parecer, otros informes apuntarían que su descubrimiento se pudo producir casi una docena de años antes, andando el citado cura a la búsqueda del templo antiguo que, desde hacía siglos, venía diciéndose existía bajo el atrio de la parroquia. Parece ser también, que en su profunda excavación, pudieron haberse encontrado objetos de los que nunca más se supo y que se hicieron algunos daños, no pocos, al techo de la habitación subterránea aparecida.

A través de la abertura excavada se accedió a un recinto abovedado, con evidencias de haber dispuesto de otra planta por encima, y con abundante pintura mural. Las características de todo ello y los materiales hallados confirmaron la filiación antigua de la construcción y su gran valor arqueológico, lo que provocó la visita de una nube de expertos, de estudios y noticias. Se identificó como una construcción correspondiente a la antigüedad tardía relacionada con actividades de culto y con las aguas, como parecía sugerir, sobre todo, la presencia de este elemento en abundancia dentro y alrededor del edificio, así como su iconografía.

En un tiempo record para lo que suelen ser estas cosas, en poco más de tres años, los restos habían sido ya completamente exhumados, se habían acometido las primeras restauraciones y comenzaban a recogerse en publicaciones las variopintas interpretaciones que el extraño lugar sugería. Por todo ello fue, no menos deprisa, declarado Monumento Histórico-Artístico ya en 1931, y en 1997 Bien de Interés Cultural.

Lo cierto es que el lugar se merece el reconocimiento, el interés público y cualquier sello de calidad que se le quiera conceder, pues tanto por la naturaleza de su estructura y el conjunto pictórico, por su excepcional estado de conservación, sus peculiaridades y todos los debates pendientes de resolver respecto a su origen e historia, Santa Eulalia de Bóveda es un monumento prerrománico único, y no solo en la península ibérica, que, por suerte, hoy es posible visitar.

Una historia de difíciles reformas

No tardaron mucho en aparecer problemas de conservación tras su descubrimiento. Desprendimientos de la pintura, presencia constante de agua sobre el pavimento o la amenaza de ruina del único muro restante del piso alto de la construcción, motivaron desde 1945 una larga suerte de severas intervenciones de restauración, bienintencionadas sin duda, que pretendían su conservación y su exposición pública.

Éstas modificaron en parte la fisonomía del edificio y sus delicadas condiciones, aportándole nuevas contrariedades. Sobre todo, se intentó denodadamente y sin éxito alejar el agua de este lugar, cuando parece no poder explicarse sin su presencia, a través de sistemas de desecación que no hicieron sino castigar la ya marchitada piel de esta anciana dama.

Unas cuantas de las soluciones que se habían ido adoptando en principio tuvieron luego que deshacerse, por perjudiciales, inútiles o desacordes con los nuevos criterios de restauración.

Los últimos treinta años han supuesto para el monumento nuevos cambios, y los trabajos realizados con criterios más científicos y multidisciplinares han llevado al edificio y a su entorno inmediato a un mejor estado. Aunque no hayan podido vencerse del todo los seculares conflictos entre la construcción y las aguas, lo cierto es que su conservación, control y mantenimiento es hoy una prioridad pública.

Cultos paganos y cristianos

Nada tan pertinaz como el agua para reclamar sus caminos y su deseo de aparecer en escena, haga o no haga falta. En las interpretaciones del significado de este lugar han ido ganando terreno las que lo identifican en origen con una construcción semisubterránea vinculada a la captación de aguas, quizá de época tardo-romana. Una intrincada red de canalizaciones bajo el pavimento y la piscina indican esta utilidad, aunque no podamos decir si fue templo, santuario, fuente, balneario, estanque o mausoleo.

Luego Santa Eulalia debió ir transformándose, convirtiéndose en distintos edificios (hasta 5, proponen las últimas investigaciones) con una o tres naves, con o sin piso superior, pasando por fases visigodas y prerrománicas (entre los siglos V y IX), a la última de las cuales corresponderían las pinturas, en un proceso que podría haber culminado como ermita cristiana.

Recientemente se ha propuesto (con gran eco pero sin aceptación científica general) otra teoría aún más aventurada sobre su función original. Se trataría de un espacio para efectuar, durante los siglos III y IV, ritos dedicados a la diosa romana Cibeles; concretamente de la ceremonia del taurobolium, durante la que se sacrificaba un toro en la planta alta de un edificio, cayendo la sangre del animal a través de un orificio a una planta inferior, sobre el devoto o iniciado, que bien rogaba por su salud u otros favores, consultaba el oráculo o, en virtud de las propiedades mistéricas del bautismo de sangre, alcanzaba unas cualidades iniciáticas superiores.

¿Sería esta la utilidad primera del recinto? ¿Un santuario al que acudirían los fieles quizá a sumergirse en la piscina sagrada para mitigar sus dolencias y a escuchar las profecías de sibilas y sacerdotes? ¿Será esa la explicación de la decoración de sus muros, con pinturas de gallinas, perdices, faisanes y pavos reales, símbolos éstos de la diosa y transmisores mediante sus cantos de los divinos augurios? ¿Y serán en realidad los personajes casi infantiles esculpidos en sus muros la representación de sacerdotes oficiando en grupo, con sus galas e instrumentos, a la puerta del templo? ¿O será, como sostienen los últimos estudios, el monumento funerario de un seguidor de Dionisos, dios clásico del vino y la vendimia, y que por ello sus frescos representan vides y sarmientos entrelazados?

Es posible que no lleguemos nunca a saberlo y que la única certidumbre en torno al edificio continúe siendo la de su misterio y antigüedad. Esa es también la magia de los viejos lugares; lo que nos ocultan, lo que nos sugieren sin que acabemos de conocerlos.

Zoa Escudero Navarro_Técnico de la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico

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IMÁGENES: Interior y exterior de Santa Eulalia de Bóveda (Lugo). Zoa Escudero Navarro

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