De fake monuments y teorías de la restauración

Nuestros compañeros Alejandro Martín López y Carmen Molinos se suman a la #WeekCR con este nuevo artículo, en el que reflexionan en torno a la importancia de la conservación y restauración del patrimonio, a la vez que nos invitan a realizar un recorrido por la historia y la evolución de estas disciplinas.

Notre Dame, Jaime Nuño

Canal Patrimonio_Alejandro Martín / Carmen Molinos

 

¿Dónde está la princesa?

Visitar la ciudadela medieval de Carcasone o el castillo de Pierrefonds puede convertirse en una experiencia absolutamente inolvidable, sobre todo si vamos acompañados por pequeños turistas. Su imaginación desbocada no tiene que volar muy alto para descubrir, aquí un caballero andante en busca de lances de honor y allá a una princesa intentando escapar de los designios de un padre déspota. Es tan sencillo…

Las gárgolas de Notre Dame, el perfil fantasmagórico del Mont Saint-Michel recortado sobre la marea alta o la presencia adusta de la basílica de Vézelay constituyen algunas de las estampas más famosas de Francia. Sin embargo, son falsas o, mejor dicho, no totalmente originales. En la era de las “fake news”, recuperamos como seña de identidad del patrimonio europeo lo que nos divierte llamar “fake monuments”.

El convulso siglo XIX, ve nacer de la mano de la creación de los idearios nacionalistas una escuela de intervención sobre el patrimonio cultural, que encuentra en los abandonados monumentos medievales la herramienta perfecta para la construcción de la idea de pasado y nación. Esta escuela de conservación, encabezada por el arquitecto Eugène Viollet-le-Duc, busca la esencia del edificio, el estilo original, y lo recupera aun a expensas de remodelaciones posteriores o de falsos históricos que ayuden a comprenderlo mejor.

Así aparecen gárgolas en las cornisas de la catedral parisina o cónicas cubiertas de pizarra propias del norte del país cerca de la frontera pirenaica. El objetivo fundamental del movimiento era recuperar el patrimonio en su forma más esplendida; más pura, dirían algunos.

 

Vezelay, Jaime Nuño

 

Cuando los fake monuments se convierten en patrimonio

Después de siglo y medio de evolución de la restauración, conservación y gestión del Patrimonio Cultural en Europa este concepto está absolutamente superado teórica y técnicamente. Incluso se ha criticado amargamente a la esta corriente, acusada de destruir elementos artísticos con el único objeto de construir falsos históricos. De levantar escenarios ideales que no corresponden la realidad de la evolución histórica de los documentos.

Pero nuestro análisis cambia si no examinamos estas intervenciones como si fueran contemporáneas e incluimos la óptica del contexto histórico. En primer lugar, hay que comprender que frente a casi un siglo de guerras continuadas en el continente y una pujante presión de crecimiento industrial, gran parte de los edificios monumentales estaban en peligro de abandono o de destrucción. El primer acierto de este movimiento fue, sin duda, la sistematización de la recuperación de Patrimonio Cultural a través de proyectos que incluían una investigación histórica y arquitectónica previa y la recuperación de oficios casi desaparecidos.

Otro de los elementos interesantes a tener en cuenta de este movimiento es el marcado carácter divulgador de su filosofía. Si hacemos una reducción máxima, el objetivo de recuperar el aspecto original de los edificios hasta niveles artificialmente ideales, encierra una voluntad educativa y divulgadora evidente: démosle al naciente turismo de la burguesía las cosas fáciles: esto es una catedral gótica, esto un castillo medieval y esto una ermita románica.

En sí misma, la escuela de la restauración “en estilo” forma parte del Patrimonio Cultural europeo, porque no solo preservó de la destrucción algunos de los edificios más icónicos del viejo continente, sino que les otorgó un aspecto que nos habla de un siglo en que la conservación, la divulgación y el acercar el patrimonio a la ciudadanía estaban dando sus primeros pasos.

 

San Martín de Frómista

 

Conservar para educar

Desde entonces, la restauración y la conservación han navegado entre las aguas a veces tranquilas, a veces procelosas de los avances tecnológicos, los cambios políticos, los ajustes presupuestarios o las revoluciones metodológicas. Sin embargo, aun haciendo bordos mortales para capear el temporal, nunca ha perdido de vista su objetivo: conservar en el mejor estado posible el Patrimonio Cultural para que la sociedad de su tiempo y las que vendrán después conozcan a través de los escenarios idealizados de Carcasone, o de las reconstrucciones virtuales de las pinturas románicas, que toda esa herencia monumental constituye su ADN cultural.

Cierto, la catedral de León o San Martín de Frómista, podrían verse como “fake monuments”, pero y ¿si consideramos que no son solo Patrimonio Cultural, como edificio gótico el primero y románico el segundo, sino también porque constituyen los primeros proyectos científicos de conservación y restauración de nuestro país?. El resultado es criticable, sí, pero si el teatro anatómico de la universidad de Padua forma parte del patrimonio histórico de la evolución de la medicina moderna, los edificios de Viollet-le-Duc, lo son de la historia de la conservación y restauración europea.

 

 

Intervenir desde el respeto

Frente a la forma de hacer del arquitecto francés, surgieron enseguida voces críticas, nuevos planteamientos, como los de Jonh Ruskin, capaz de percibir y dejarse embriagar por la belleza de la ruina. Hasta tal punto, que enamorado de su forma, de su espíritu original, llegó a rechazar cualquier intervención más allá de la mera cura.

Camillo Boito es el punto de encuentro entre los falsos históricos de Viollet y las “ruinas con muletas” de Ruskin: actuemos para salvarlas, sí, pero desde el respeto y la humildad, sin caer en la réplica o la imitación. 

Sus hilos y otros muchos, han ido tejiendo los criterios de intervención en el patrimonio que manejamos hoy. Unos y otros, nos han enseñado a mirar la historia, el arte o la arquitectura, desde el convencimiento de que no solo hay que preservar, sino saber entender el espíritu con el que fue concebida cada obra, para lograr que sobreviva o se adapte a los nuevos tiempos sin perder su esencia.

Hoy sabemos que no es necesario crear escenarios de cuento para acercar el patrimonio a la sociedad, todo lo contrario, es bueno que se entienda su evolución. Hemos aceptado que no hace falta intervenir utilizando técnicas o materiales medievales, siempre que nuestras acciones sean reversibles. Sabemos que la nueva arquitectura puede y debe enriquecer aquella que forma parte ya de nuestra historia. 

Pese a todo, aún nos queda mucho que aprender, para evitar los fake monuments, tanto los históricos como los que van surgiendo al albor de los nuevos tiempos. Ejemplos como el teatro romano de Sagunto, la barba de Tutankamón, los frescos de la Capilla Sixtina, la Gran Muralla China, la fortaleza de Matrera o el desaparecido fondo de “El caballero de la mano en el pecho” de El Greco son tan solo una pequeña muestra de que nos queda un largo camino por delante. Mejor si lo recorremos de la mano de un profesional de la conservación y la restauración, que a diferencia de las princesas de cuento o las meigas gallegas, haberlos haylos, estamos seguros de ello: muchos, buenos y deseando demostrarlo.

 

IMÁGENES: Fotografías de la catedral de Notre Dame y la basílica de Vézelay (Archivo FSMLR_Jaime Nuño), vista de la iglesia de San Martín de Frómista (Palencia).

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