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Información publicada el sábado, 23 de enero de 2010.

La galería de arte privada más importante de Roma, una desconocida


Roma, (EFE).- Roma es la capital del Imperio, de la Contrarreforma, del Neorrealismo, de la Dolce Vita y del Estado Vaticano y también de las grandes familias que la construyeron como la Pamphilj a la que se le debe parte de la grandeza de Piazza Navona y de la galería de arte privada más importante de la ciudad.

Una vez vendido el impresionante palacio de los Pamphilj en Piazza Navona al Estado de Brasil en 1960, queda abierta al público la que fue capilla de la familia, la iglesia de Santa Inés en Agone.

Si los Pamphilj son ejemplo de linaje que se han desprendido de su posesiones más gloriosas, los Doria Pamphilj han sabido conservar el esplendor de su palacio en el corazón de la ciudad.

El palacio, cercano a Piazza Venezia, solapado por tiendas que ofertan rebajas, encierra una riqueza y belleza inauditas, exhala amores, fantasmas, papas despóticos, intrigas palaciegas y acoge la galería de arte privada más importante de Roma.

"Es una fundación privada", dicen en la puerta. Tras pagar 9,50 euros y guía interactiva en mano, la voz del príncipe Jonathan Doria-Pamphilj, hijo adoptado de la última descendiente del linaje Orietta Doria-Pamphilj (1922-2000), habla de su familia y de las obras de arte acumuladas desde el siglo XVII.

Una vez en el imponente Salón Poussin, el narrador cuenta que la afirmación social de la familia Pamphilj llegó cuando Giovanni Battisti (1574-1655) fue elegido papa con el nombre de Inocencio X quien designó cardenal a su sobrino, Camillo, nada convencido del cargo pues prefirió casarse con la "rica y bella" Olimpia Aldobrandini.

La irritación de Inocencio X hacia su "nipote" o sobrino, de ahí la palabra nepotismo, y la de su corajuda madre, también llamada Olimpia y uno de los fantasmas que -dicen- por las noches recorren Roma en carruaje, le obligó a salir de la ciudad con su esposa hasta que se calmaran las aguas.

De regreso a la capital, Camillo se instaló en el palacio, propiedad de su mujer, no lejano al familiar de Piazza Navona y se dedicó a comprar obras de arte. Cuadros que colocó en las paredes del Salón Poussin, la antesala del palacio, a modo de tapices hasta el techo. Son paisajes, algo insólito para el época.

"Camillo quería impresionar a sus visitas y yo me pregunto qué pensarían sus invitados ante tanta riqueza", explica el último Doria-Pamphilj.

Tras ese tremendo impacto visual se accede a la Sala de los Terciopelos, llamada así por los tapices genoveses color carmín del siglo XVIII. La sala está coronada por el blasón de los Doria y el de Pamphilj que se unieron en 1760, mediante la boda de Ana Pamphilj y Andrea IV Doria, descendiente del almirante del emperador Carlos V Andrea Doria, libertador de Génova y perseguidor incansable de piratas.

La visita continúa por la Sala de Baile, acondicionada para "la presentación en sociedad mi tía abuela Ana", comenta Doria-Pamphilj. Sin cuadros. "Para reposar los ojos" de los invitados, un pequeño escenario para los músicos con los instrumentos de la época y suelo de madera para que no resbalasen los danzantes.

Estancias, salas y galerías con frescos de extraordinaria magnificencia en las bóvedas.

Lujosísima la Galería de los Espejos en los que se refleja la luz que se cuela por los ventanales, salpicado por esculturas clásicas traídas de la villa de la familia tras las revoluciones que convulsionaron Europa en 1848. Pequeña Versalles de oro.

Y la capilla, con los cuerpos incorruptos de Santa Teodora en un relicario transparente y San Justo, provenientes seguramente de los saqueos de catacumbas en el siglo XVII para vender restos a toda familia noble que se preciaban de custodiar un santo.

Ana Pamphilj viajaba siempre con el cuerpo de Santa Teodora, explica Jonathan.

Una pequeña estancia alberga el retrato de Inocencio X, la joya de la familia, en el que Velázquez desafió sin idealizarla, la ceñuda fealdad del Papa en una incomparable gamas de rojos, brocados y terciopelos que resaltan una mirada gélida que infunde la sospecha de una alma despótica y vengativa.

"Troppo vero", (demasiado real) dice la leyenda que el Papa, al ver su retrato, comentó a Velázquez, a quien encargó le pintase cuando estaba en Roma en misión diplomática del rey de España Felipe IV.

Y la salas del XVII con el "Reposo en la Huída a Egipto", obra maestra de la producción juvenil de Caravaggio y "La Magdalena penitente" de mismo pintor "quien utilizaba los mismos modelos para pintar prostitutas o vírgenes".

La sala del XVI acoge "Doble Retrato" de Rafael y "Salomé con la cabeza del Bautista" de Tiziano; y la sala del XV a "Lamento por Cristo Muerto con un donante" de Hans Memling, pinturas que entraron en la casa en el siglo XIX cuando se difundió el gusto por lo primitivo tardo medieval y el Quattrocento.

Completan el palacio la salita de los espejos, la roja, la amarilla, la verde, la azul y la sala del trono todas engalanadas con brocados y obras de arte. En el patio, un jardín recoleto con limoneros, es el único lugar que la poderosa familia deja fotografiar. EFE

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