Historia de una traición o cómo saber nadar y guardar la ropa

En la era del documento digital, de los trámites administrativos online y el almacenamiento en la nube virtual, recuperamos una historia escondida, medio borrosa, entre los renglones de un documento publicado hace más de doscientos años. El amplísimo patrimonio documental atesorado en nuestros archivos, no solo guarda las historias que aparecen reflejadas en los arañazos de las plumillas en el papel, sino que también esconde otras borradas a simple vista pero que hablan de las bondades y vilezas de quienes las ocultaron.

Canal Patrimonio_Alejandro Martín López

Detalle del "Albúm del Marqués de la Victoria"

Un documento científico

Viajemos a la España del siglo XVIII. Esa España que no solo estrenaba siglo y dinastía en su trono, sino que también se abría a una nueva forma de pensar, de descubrir y de gobernar el extenso territorio gestionado desde las cenizas aun humeantes del Alcázar de Madrid. En este periodo de primitivo desarrollo científico y de fundación de las Reales Academias, el gobierno de la razón se abre paso a hachazos entre la tradición y los intereses de la nobleza más acomodada del siglo XVII.

En este escenario de reformas constantes el estado sigue teniendo la necesidad secular de desarrollar una política internacional y de control de las colonias efectiva. Con territorios repartidos a lo largo y ancho del globo, es necesario que ese desarrollo científico no solo se mueva en una esfera teórica, sino que su aplicación real tenga en la remodelación de la marina de guerra su máximo exponente.  

Consciente de la necesidad de una reforma del proceso de construcción naval y de la gestión de la armada, el Marqués de la Ensenada (que entre otros sumaba el ministerio de Hacienda y de Marina), comienza la transformación de la flota de los Austria en lo que será el germen de la marina moderna. Bajo su protección algunos personajes, hijos del siglo de las luces, que aúnan la profesión militar y científica se convierten en las herramientas del superministro para llevar a cabo su reforma.

Una de las claves de esta reforma es la llegada de la ciencia experimental y sus aplicaciones tecnológicas en los astilleros estatales. Durante siglos, la construcción naval se movió entre la tradición oral heredada por los aprendices de sus maestros, y el oscurantismo secreto para protegerse del espionaje industrial. Con la llegada del siglo XVIII, la Revolución Científica del siglo anterior, entra en los astilleros y los primeros ingenieros navales recopilan en estudios y tratados el saber consuetudinario y las novedades técnicas de base científica. Los astilleros españoles tienen en la figura de Juan José Navarro a la persona designada por el estado para la recopilación de toda esta información en el documento conocido como “Álbum del Marqués de la Victoria”, que, aunque tiene un nombre mucho más largo y pomposo podría resumirse en “cómo construir su navío de guerra paso a paso: desde el bosque hasta la ceremonia de botadura

 

Detalle del "Álbum del Marqués de la Ensenada"

 

Espías, embajadores e ingenieros navales

Pero en este siglo no todo fue ilustración y desarrollo científico. La fuerte competencia por el control de los océanos embarcó al recién creado Reino Unido, a Francia y España en una competición sin igual en el desarrollo de flotas de guerra que no se resolvería hasta casi un siglo después en la batalla de Trafalgar. Entre medias cientos de navíos fueron construidos en los astilleros del Támesis, de Toulon y de Ferrol o la Carraca, cientos de miles de metros cúbicos de madera transformada en gigantes flotantes desde los que disparar toneladas de hierro fundido. Probablemente uno de los periodos más apasionantes de la navegación a vela de la historia de la humanidad que tenía como único objetivo el dominio del mar.

Pero esa guerra no solo se libraba en el mar, también se libraba en los astilleros y en las legaciones diplomáticas. Marinos españoles convertidos en espías industriales, reclutando maestros de astillero entre los irlandeses católicos que trabajan en los arsenales británicos, embajadores británicos alentando cualquier conspiración palaciega en Madrid que desalojase al superministro de la antecámara del rey, ingenieros británicos escribiendo informes desde Cádiz para informar del desarrollo tecnológico del arsenal de La Carraca. En fin, casi cien años en los que entre Londres, París y Madrid se decidía quien ocuparía la jefatura oceánica.

Finalmente, por distintas circunstancias los británicos consiguieron socavar la confianza del monarca hispano en su ministro, y además muchos de los maestros venidos desde las islas británicas, volvieron a sus islas hastiados del trabajo en los astilleros españoles. Tal fue el empeño británico en este aspecto que el mandado del rey Jorge encabezó la carta en la comunicaba la caída de Ensenada con la siguiente frase: “Ya no se construirán más navíos en España”.

 

 

Una traición necesaria para la supervivencia

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con una traición necesaria para la supervivencia política escondida en un documento histórico? El Marqués de la Victoria había iniciado su álbum sobre la construcción naval en los astilleros de la corona en la década de los años treinta del siglo XVIII. De hecho, presentó un anticipo de este gran trabajo de ingeniería naval como discurso de entrada en la Real Academia de la Historia en 1740.  

Es importante recopilar las fechas de la redacción y publicación de esta obra para entender su trascendencia política. Todo el trabajo de redacción y recopilación del documento se hizo por tanto bajo la protección y auspicio del gobierno del Marqués de la Ensenada, como una de las piezas claves de la reforma de la armada. Pero este caballero, que aparte de ingeniero, escritor y académico, era principalmente militar y se entretuvo en diversas batallas en el Mediterráneo y el Atlántico, para reforzar la posición geoestratégica de la corona y ya de paso menoscabar la de nuestros hermanos britanos.

Por unas cosas y otras la publicación definitiva del Álbum se fue retrasando, aunque ya en los primeros años de la década de los cincuenta estaba muy avanzada la obra. Entre otras cosas, este caballero había decidido dedicarle la obra no solo al rey (como era de recibo en aquel tiempo), sino también a la persona bajo cuyo proyecto se había desarrollado su trabajo: el marqués de la Ensenada. Así estaba escrito en tinta en el pliego, donde aparecen el título completo de la obra, los títulos y cargos del autor y las dos dedicatorias: al rey y su ministro.

Entre tanto, mientras se acaba de terminar la obra, el ministro es destituido en 1754 acusado de alta traición y bajo arresto domiciliario es recluido en un exilio interior en el Puerto de Santa María. Así pues, cuando dos años después la magna obra del Navarro ve la luz, ya no es conveniente que su nombre y el del Rey aparezcan mezclados con los de un traidor, políticamente tóxico y apestado de la corte. Así que, como un bachiller que emborrona sus redacciones, el Marqués de la Victoria, borra como puede el nombre de su antes protector, vuelve a maquetar la portadilla y donde dije digo, digo Diego.

Aun hoy, al releer las primeras páginas del magnífico trabajo de recopilación de la arquitectura naval española del siglo XVIII, rescatamos entre líneas el desarrollo de una de las tramas políticas más apasionantes de la historia europea del siglo de las luces. Solo un borrón, apenas visible, nos habla de las intrigas personales y maniobras estratégicas que la política del momento (y de la actualidad) exige a cambio de la supervivencia. Ésta es una de esas veces en que nuestra historia se esconde caprichosa. Mientras tengamos patrimonio documental que releer, tendremos pistas para rescatarla.

 

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IMÁGENES: Detalles del facsímil del “Álbum del Marqués de la Victoria” que se conserva en la Biblioteca María Moliner de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza; el documento original forma parte de los fondos del Archivo del Museo Naval en Madrid. 

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