París medieval: el corazón de la Edad Media europea

Gracias a la técnica 3D resurge el París de 1550. Sus puentes, murallas y fortalezas, su catedral, los edificios públicos, los populosos barrios con montones de viviendas… nos cuentan la historia no solo de Francia, sino también de la vieja Europa.

Canal Patrimonio_María Heredia Mundet

La Île de la Cité es el origen de todo. En este solar se instalaron, allá por el año 300 a.C., los primeros habitantes de París, la tribu de los parisii. Dos siglos más tarde los romanos levantaron aquí la villa de Lutetia, “lugar rodeado de agua” y, ya en la Edad Media, se convirtió en el centro del poder político y religioso de todo un reino.

Esta isla en medio del Sena parece tomar la forma de una nave que se desliza sobre su propio reflejo en las aguas del río. La sedimentación favoreció la creación de este espacio privilegiado, fácilmente defendible de los ataques enemigos y que por su situación permite que arriben con facilidad los ricos cargamentos de cereales y vino. No podemos olvidar que la riqueza de la ciudad debe mucho a la fertilidad de sus áreas circundantes. La Île de la Cité se unía a las dos orillas con sendos puentes. Cada uno de ellos, construido con resistente madera gala, disponía de una pasarela peatonal flanqueada por abigarradas edificaciones, originalmente molinos. Estos puentes se conservaron hasta el siglo XVIII.

La villa contaba en 1328 con unas 61.000 viviendas, lo que nos permite estimar una población de 210.000 a 270.000 habitantes distribuidos a lo largo de 415 hectáreas. Será a finales de esta centuria, siglo XIV, cuando se alcance la máxima extensión del París medieval, hasta abarcar los actuales distritos 1º, 4º y 5º. El París de este momento, debido a sus enormes dimensiones, es en primer lugar un gran centro económico. Hay que gestionar esta enorme población con alimento, vivienda, servicios… Pero además la ciudad se convierte en referencia en la producción artesanal de diversos bienes, como las telas, que también se llevan fuera del país.

Además de su función económica y administrativa, el París medieval es un importante centro religioso, con el rango de obispado, que se refuerza con la fundación de numerosos monasterios. La presencia de religiosos anima la apertura de escuelas, que prosperan a la sombra de la catedral. En el siglo XIII se funda la primera universidad y la consecuencia es un enorme enriquecimiento por la producción de manuscritos. De este modo, París se convertirá también en la capital del libro en el siglo XVI.

El rey Philippe Auguste manda construir una muralla en 1190, que será ampliada por orden de Charles V en 1380. La presencia de la nobleza es fundamental para el mercado de manuscritos, orfebrería, bordados, armas y monturas de caballo. Philippe Auguste dota a París de una nueva función depositando su tesoro y sus archivos a principios del siglo XIII, lo que significa que las labores de estado soberano se asignan a la ciudad: Parlamento, Cámara de cuentas, Tribunales de Moneda, Tribunal del Tesoro …

París acumula entonces las funciones económicas, religiosas, intelectuales, cortesanas y políticas. Es la única ciudad de Occidente que reúne tantas: Gante es ante todo una ciudad industrial, Bolonia una villa universitaria, Venecia un punto comercial muy estratégico… sin embargo el desarrollo de París en la Edad Media está asociado a sus múltiples funciones.
Catedral de Notre-Dame.

A mediados del siglo XII el obispo Maurice de Sully decide levantar en París un templo que estuviera a la altura de la capital, para lo que comienza a movilizar a canteros, carpinteros, escultores, vidrieros y arquitectos de la talla de Pierre de Montreuil, artífice de la cercana Sainte-Chapelle. Los trabajos concluyeron casi en su totalidad 200 años más tarde. Fueron decenas de años con los andamios puestos y de un ir y venir de maestros masones que pulían la piedra, expertos en vidrieras que aplicaban las últimas novedades de la óptica que se aprendía en las universidades o escultores que cincelaban las gárgolas y los pináculos de los arbotantes. La catedral creció al ritmo de la economía europea, en uno de los momentos de mayor desarrollo agrícola que enriqueció notablemente la ciudad de París.

El interior de la catedral de Notre-Dame mide 130 metros de largo, 48 de ancho y 69 de altura. Cuenta con un aforo de más de 600 personas. Su planta es de cruz latina, con cinco naves, 37 capillas, tres rosetones de 13,5 m de diámetro cada uno (uno de ellos en la fachada oeste sobre el órgano de 7.800 tubos) y un total de 113 vidrieras. El templo fue pionero en el uso de las gárgolas para alejar el agua de las lluvias de los cimientos del edificio. Entre 10 y 12 millones de personas cruzan sus puertas cada año.

Su interior es puro equilibrio y belleza armónica, pero para disfrutar de la mejor perspectiva hay que acercarse a la plaza Jean XXIII, el parque aledaño ubicado a la espalda del templo y desde donde pueden contemplarse los arbotantes ornamentados que rodean el coro y que sujetan sus paramentos y cubiertas. El Trésor o Tesoro, situado en el transepto sureste, contiene obras de arte, objetos litúrgicos y la Sainte-Couronne, la supuesta corona de espinas que los romanos colocaron a Jesucristo antes de la crucifixión, que llegó a la catedral a mediados del siglo XIII.

En el siglo XIX, el arquitecto Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc dirigió su restauración más importante, tras los daños ocasionados por el paso de los siglos y la Revolución francesa. Una intervención historicista, lógicamente alejada de los criterios actuales, en la que decidió sustituir las esculturas de la fachada, muy dañadas, por otras nuevas. Lo justificó diciendo que sin las esculturas Notre-Dame sería un edificio mudo, sin mensaje “no se puede dejar incompleta una página tan admirable sin arriesgarse a hacerla ininteligible”, de este modo se pasó según él “de un edificio raspado, batido, disminuído, a una iglesia revivificada, arborescente y parlante”.

Además de la catedral y de la Sainte-Chapelle, otra obra maestra de la arquitectura gótica construida a lo largo del siglo XIII por deseo de Luis IX -y una de las iglesias más bonitas de París-, en la isla de la Cité se encuentran también la Conciergerie y el Palais de Justice. A sus espaldas está la plaza Dauphine, la plaza más céntrica y a la vez más escondida de la capital, donde se puede observar a la perfección la forma de la pequeña isla. La Conciergerie, pensada como palacio real en el siglo XIV para el conserje del Palais de la Cité, fue prisión estatal entre el siglo XVI y la Revolución francesa.

Pero el París medieval esconde otros tesoros, quizá no tan conocidos. La torre de Santiago (tour de Saint-Jacques), a escasos metros de la Conciergerie, era el punto de reunión y partida de los peregrinos que tomaban ruta a Santiago de Compostela. El Pont-Neuf, que a pesar de su nombre es el puente más antiguo de París, que une el extremo oeste de la isla de la Cité con las dos orillas del Sena desde 1607. Sus siete arcos de piedra blanca están decorados con figuras grotescas de barberos, dentistas, delincuentes…

Charles V decidió en 1365 integrar dentro de la ciudad El Louvre, edificio que Philippe Auguste había construido como un bastión inexpugnable fuera de las murallas. Para lograrlo se llevaron a cabo una serie de obras de ampliación y refuerzo de las murallas. El aspecto defensivo de París es importante en la Edad Media, por la necesidad de protegerse del peligro anglo-normando. El imponente recinto amurallado tenía 5,1 km de longitud, 9 metros de altura y una torre cada 60 metros.

Cerca de la catedral, en ambas orillas, las órdenes religiosas construyen importantes centros:

El Hôtel de Cluny, hoy Museo Nacional de la Edad Media, fue el hospicio o residencia de los abades de Cluny. Alberga una excelente colección de objetos medievales destacando en especial los tapices, la artesanía y vida cotidiana del París medieval. El Colegio de los Bernardinos, fue colegio cisterciense del que salieron muchos personajes ilustres.La abadía de Saint-Germain-des-Prés, fue la abadía benedictina más prestigiosa de la capital, con categoría real y la más antigua de las iglesias parisinas. La iglesia de Saint-Eustache pudo ser catedral por sus dimensiones, pero solo puede haber una por diócesis, así que por su proximidad al Louvre se consideró iglesia real. Y, en las afueras, la abadía de Royaumont, hija de Citeaux, un gran monasterio utilizado como panteón de la monarquía y la basílica de Saint-Denis, la elegida por los reyes de Francia para orar antes de ir a la guerra o a las cruzadas.

Urbanismo y vida cotidiana

Las casas medievales de París, prácticamente desaparecidas, tienen entramado de madera, son bastante angostas y constan de una o dos ventanas por piso. Se componen de una planta baja levantada en piedra y tres o cuatro pisos de madera y tapial (arcilla y paja o heno) comunicados por una escalera de caracol. Solo las mansiones de nobles y burgueses tenían una cocina y una chimenea. Las casas se identificaban por su letrero de hierro forjado o madera pintada con símbolos religiosos, astrales, botánicos, animales o fantásticos, aunque las tabernas preferían los de armas.

Las modestas dimensiones de las calles (de unos cinco metros de ancho, siete para las vías principales), se reducen por una zanja central en donde se arroja la basura. Estas alcantarillas abiertas fluyen hacia el Sena. El terreno siempre estaba embarrado y no será hasta la época de Philippe Auguste cuando se comiencen a pavimentar las principales vías. El mal olor de la basura por toda la ciudad llega a ser insoportable en verano (basura doméstica, tripas de los carniceros, colorantes de los curtidores, sebo…). Hombres y animales comparten el camino: aves de corral, cerdos buscando alimento en la basura, caballos, burros, cabras…

La calle es el reino de los profesionales del crimen. Los más indigentes deambulan sin rumbo: vagabundos, enfermos, ancianos impotentes sin familia y privados de todo. Entre esta multitud se deslizan los ladrones. A pesar de los tabúes, los leprosos se aventuran a la ciudad en busca de comida. Su figura encapuchada causa miedo. Los locos son tolerados si son de la ciudad o su familia es conocida, los más peligrosos son internados o expulsados.

Las tiendas se abren a la calle ya que los artesanos, por falta de espacio, exponen sus productos en el exterior. Algunas actividades se agrupan por gremios, como los zapateros, curtidores, carniceros… los artesanos de objetos piadosos como velas, orfebrería y libros se instalan cerca de las iglesias, colgando sus escudos y oropeles delante de las tiendas.
En los días de mercado, los martes, las calles se llenan de vendedores ambulantes y artesanos itinerantes que no son del agrado de los artesanos locales. La mayoría de las veces el rey establece los precios y todos venden al mismo valor. Hay cantantes, músicos, pero el malabarista es el más popular, porque es capaz de montar un entretenimiento completo por sí mismo: acróbata, mimo, cuentacuentos, músico, poeta y cantante.

Aunque estrecha y constantemente congestionada, la calle sigue siendo el único lugar donde se puede jugar. Delante de la puerta, los niños se aplican a la peonza, la pelota, juegan a la rayuela… el paso de los carros a menudo interrumpe el juego. La crianza se realiza en gran medida en la calle, algo que marca la diferencia con la actualidad. Los menores pueden circular libremente, bañarse, pescar con la línea, patinar por las zanjas en invierno, jugar a las canicas o al aro…

Los domingos y días festivos son los adultos quienes ocupan el pavimento para divertirse jugando a bolos, pelota al pie o con un palo. Los oponentes están bien elegidos: solteros contra recién casados, parroquia contra parroquia, vecindario contra vecindario. El tiro con arco o la ballesta son distracciones populares en este momento. Para ello se coloca un pájaro colgado de un mástil o el campanario de una iglesia. El ganador de las competiciones disfruta de una exención de impuestos.

Los habitantes de París participan alegremente de las festividades: victorias de batallas, nacimiento de un príncipe, acceso de un nuevo rey al trono; para ello las calles se cubren de arena y flores, las paredes de las casas se ocultan con coloridas hojas y follajes y se iluminan con linternas y antorchas que arden toda la noche. En la víspera de las festividades los residentes disfrazados hacen una gran hoguera alrededor de la cual bailan la farándula y gritan de alegría. El día del festival, las calles se vuelven coloridas y ruidosas. Los funerales también se celebran. Las paredes de las casas se cubren con sábanas oscuras adornadas con escudos que llevan las armas del difunto. Los caballos también están enjaezados de luto. Las personas, vestidas de negro portando una linterna, son precedidas por el clero y las personas notables sosteniendo una vela en sus manos.

París es, en las últimas décadas del siglo XII, no solamente la ciudad más grande de Francia, sino la que acoge en sus escuelas y catedrales el número más grande de estudiantes y maestros de todo el occidente cristiano. En el legado que ha llegado hasta nuestros días, manifestado en sus monumentos, podemos aún encontrar un magnífico exponente de la mentalidad medieval y de los logros alcanzados en todos los campos. Un patrimonio cultural extraordinario que bien merece una visita.

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Fotos: Cedidas por Grez Productions/Éric Zingraff

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