Penélope espera tejiendo a la sombra del Teleno

Nueva colaboración del historiador, investigador y gestor cultural Alejandro Martín López, que en esta ocasión nos acerca al antiguo patrimonio textil de la maragatería en León. El viaje por la comarca tendrá una parada especial en la localidad de Val de San Lorenzo, donde entre mantas y paños perdura el noble oficio de los tejedores.

Canal Patrimonio_Alejandro Martín López

Si Penélope no hubiera tenido que esperar en Ítaca la vuelta de Ulises, probablemente lo hubiera hecho en un rincón soleado de la maragatería leonesa, donde el arte de hilar y tejer forma parte de la identidad de sus gentes. La elaboración de tejidos es una de las señas de identidad no solo de las diferentes culturas, sino de la humanidad misma. Tanto es así que las pesas de telar forman parte del repertorio arqueológico desde el nacimiento de las primeras sociedades neolíticas.

Los telares, devanaderas, ruecas de hilar y cardadores constituyen parte fundamental del Patrimonio Cultural común de un pueblo. Sin embargo, el desarrollo vertiginoso de la industria textil a partir de la Revolución Industrial y lo cotidiano del producto, que a día de hoy consumimos casi como desechable, ha precipitado que estos elementos se hayan convertido en chatarra o en objetos de coleccionista totalmente descontextualizados.

Si hablamos de la historia de la industria textil en el país, hay que referirse al desarrollo del sector en Cataluña durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. El crecimiento de algunos núcleos urbanos a la sombra de las máquinas de tejido, incluso de algún experimento utópico en forma de colonias textiles, hizo aflorar una creciente industria a las orillas de levante. Conscientes de la herencia urbanística, arquitectónica y de desarrollo tecnológico, algunos de estos centros se han recuperado en las últimas décadas como espacios museográficos. El Museo de la Ciencia de Tarrasa es uno de los ejemplos más interesantes, junto con la recuperación de la Colonia Vidal.

Está claro en cualquier sector industrial que la obsolescencia de la maquinaría va de la mano del desarrollo tecnológico, y que si estos centros textiles querían seguir siendo rentables económicamente las viejas máquinas de tejer debían de ser constantemente sustituidas por otras más eficaces, rápidas y eficientes. Pero, ¿dónde iba a parar el material industrial desechado de esa floreciente industria? Generalmente era desmontado, pero no todo. En no pocas ocasiones se vendió a otros territorios donde la industria textil estaba todavía a las puertas de la industrialización.

¡Está vivo!, ¡está vivo!

Entre los muchos territorios en los que históricamente había existido industria textil preindustrial, una de las que más datos históricos tenemos es la de Val de San Lorenzo, una pequeña población a escasos veinte kilómetros de Astorga. Desde al menos el siglo XVII, la especial localización que ocupa en el valle del río Turienzo, junto con la larga tradición comercial de la comarca, convirtieron a muchas de las familias de este pueblo en tejedores de mantas y cobertores que se comercializaban por todo el noroeste peninsular, apreciados especialmente por su calidad.

Sin embargo, la Revolución Industrial que desde finales del siglo XVIII se tejía en los telares ingleses, no aterrizó en este rincón hasta las primeras décadas del siglo XX. Con la electricidad, llegó también una segunda oportunidad para la industria textil local. Muchos de los vecinos, unidos en una sociedad de participaciones, tuvieron la oportunidad de mejorar la rentabilidad de su tradición artesana al adquirir esas viejas máquinas que la industria catalana ya consideraba obsoletas. Algunas de ellas, fabricadas en el ecuador del siglo XIX, no llegarían a Val de San Lorenzo, hasta los años cincuenta, pero del siglo XX.

En cualquier caso, la unión del desarrollo tecnológico con una herencia artesana muy rica y un contexto natural especialmente indicado para algunos de los procesos de fabricación, convirtieron los paños, mantas y cobertores del Val en el fruto de un matrimonio bien avenido entre la vieja tradición artesana y la no tan joven mecanización de la industria.

Hoy en día, gran parte de esta historia puede ser hilvanada en los museos de La Comunal y del Batán en Val de San Lorenzo con una pequeña particularidad: no solo todos los ingenios industriales y preindustriales están en perfecto estado de conservación, sino que en el caso del Batán los artesanos locales siguen utilizándolo a día de hoy para el lavado y centrifugado de los vellones, así como para el bataneado y cardado de los tejidos, haciendo uso de aquellas clásicas máquinas que se adquirieron en la primera mitad del siglo XX. Así que, como en la novela Mary Shelly, estos viejos ingenios siguen vivos y útiles, desde que en los años veinte llegase la luz eléctrica por primera vez.

Un patrimonio cultural que nos da la vida

El patrimonio industrial no solo tiene un valor educativo o estéticamente atractivo, sino que conserva gran parte de nuestra herencia cercana. Da igual que estemos en las grandes conurbaciones de la Cataluña industrial o en el cada vez más despoblado medio rural leonés, los testimonios del desarrollo industrial no son una parte inerte y fosilizada de nuestro pasado. Nos hablan de nuestra historia más cercana, pero también de nuestras posibilidades de desarrollo futuro, en el encuentro entre la tecnología y la tradición. Si como en el caso del Batán del Val, tenemos la suerte de que el patrimonio industrial siga en funcionamiento, el aprovechamiento es doble. Al fin y al cabo, hoy en día cuando llega el final de la primavera, los artesanos del Val de San Lorenzo llevan a batanear sus mantas como antaño, pero, además, gracias a las nuevas tecnologías, comercializan sus productos en la Red.

Los artesanos del telar, como Penélope, pasan horas de concienzudo trabajo adaptándose al paso del tiempo, mientras esperan que la urdimbre de su historia continúe tejiéndose. En este caso lo hacen a la sombra del Teleno en lugar de a orillas del mar Jónico.

 

IMÁGENES: Detalle de parte de la maquinaria expuesta en el museo de La Comunal. Alejandro Martín López

 

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