Tómate un minuto antes de disparar: la fotografía del patrimonio en el siglo XXI

¡Tranquilo!, ¡respira profundo!, ¿ya has elegido el encuadre? ¿sí? Bien, ahora contén la respiración durante unos segundos y dispara. Luego el ruido mecánico del obturador y todo se vuelve negro. La suerte está echada. Hasta que no positives el carrete no podrás saber si la imagen que viste en tu mente ha sido capturada en papel.

Canal Patrimonio_Alejandro Martín López

Detalle de una escalera. Autor: Alejandro Martín López

Lo poco que he aprendido de fotografía, me lo ha enseñado mi padre, que cuando era pequeño se encerraba en un improvisado cuarto de revelado en uno de los baños de casa. Allí, como un proceso a medio camino entre la alquimia y la ciencia, las imágenes que habíamos tomado, aparecían diluidas en los tanques de líquido de revelado y luego colgaban por el techo de la habitación impregnando todo de un fuerte olor a químico.

En la fotografía analógica tienes que pensar cada uno de los disparos, porque tienen coste elevado, pero a la vez, cualquiera que haya intentado acercarse a este arte sabe que la instantánea perfecta surge entre cientos de fotografías iguales.

Ese tiempo para pensar la foto a través del objetivo, de posar los pies firmes sobre el suelo, o de hacer equilibrios en el quicio de una ventana; ese tiempo es de la creación de un mensaje a través de la fotografía. En la era de la fotografía digital, no son necesarios tantos miramientos, ni si quiera cámaras fotográficas, pero aun así deberíamos tomarnos un minuto antes de acariciar el botón rojo de la pantalla. Respirar antes nos ayudaría a tomar consciencia de lo que estamos fotografiando.

 

Mirador. Oporto (Portugal). Autor: Alejandro Martín López

 

¡Desde aquí puedes tener la mejor perspectiva de la ciudad!

El proceso de digitalización de la fotografía ha acercado indiscutiblemente este arte a todo el mundo que tenga un teléfono móvil, o incluso haya ahorrado para una cámara fotográfica, mucho más asequibles ahora que hace veinte años. Pero sobre todo ha cambiado el aspecto fundamental del soporte: ya no te tienes que dejar la paga en carretes -de pequeño quería ser fotógrafo de National Geographic, porque se supone que ellos tenían películas ilimitadas; seguro que no era así-. Esto ha permitido que el mundo comparta millones de perspectivas diferentes de paisajes y patrimonio cultural dispersos alrededor del globo. Además, las tecnologías de la información permiten que nuestras personas más allegadas puedan disfrutar de nuestra visión de esos paraísos exóticos o esas vetustas piedras, sin tener que pasar por la tortura social de que te enseñen el álbum del último viaje. Son todo ventajas, donde va a parar.

Y, sin embargo, solo hay que darse una vuelta por las redes sociales para darse cuenta de que teniendo esta herramienta tan potente sufrimos de un aburrimiento patológico a la hora de hacer fotos del patrimonio cultural que visitamos. ¿De verdad es necesaria otra foto de ti mismo tratando de sostener la torre de Pisa o sosteniendo entre dos dedos la Torre Eiffel? Hace meses visitaba una de esas ciudades que forman parte del Patrimonio de la Humanidad en la península, cuando el que hacía las veces de cicerone, nos urgió a subir a uno de los miradores más altos a pierna partida, mientras me dejaba los pulmones en cada uno de los recodos. Cuando finalmente llegamos al mirador, me indica que esta es una de las vistas más famosas de la ciudad y que debería tomar una foto (de hecho, él realiza un autorretrato, con el paisaje ribereño de telón de fondo). Yo prefiero perder mi vista entre los tejados, y con el afán de cotilla que todos tenemos encerrado dentro descubrir qué se esconde tras los visillos de los edificios más cercanos, cómo es la vida en aquella ciudad que no es la mía. Detenerme en un palacio que seguramente una anciana numantina ha protegido de la voracidad de la promoción turística. No sé. Inventarme mil historias desde aquel balcón. Absorto en estos pensamientos, mis compañeros de viaje ya han iniciado el descenso y me hacen señas para indicarme que debemos seguir con nuestra maratoniana check list de “sitios imprescindibles que visitar”.  O, mejor dicho: sitios imprescindibles que fotografiar. Ya lo de que tú pienses la foto es mucho tiempo desperdiciado.  

Considero que, si vas a hacer las mismas fotografías que aparecen en tu guía ficticiamente alternativa, es mejor que no pierdas el tiempo: las editoriales de turismo tienen mejores cámaras y mejores fotógrafos. Y, sobre todo, qué dicen esas fotografías de tu viaje, de tu punto de vista del patrimonio, de tu experiencia.

 

Mirador, Oporto (Portugal). Autor: Alejandro Martín López

 

Conviértete en un Cartier-Bresson low cost

Lo reconozco: siento una atracción por la fotografía de H. Cartier-Bresson, pero creo que en esto tampoco soy muy original. Sobre todo, si consideramos que es uno de los padres de la fotografía moderna, o al menos de lo que él llamaba “la fotografía a hurtadillas”. Creo que lo que más llama la atención de sus instantáneas es que no son plasmaciones objetivas de la realidad retratada, sino una interpretación personal de lo que está sucediendo o del objeto que captura.

Por eso, hoy que disponemos de las herramientas más potentes de nuestra historia para tomar imágenes, podemos pasar lo que nuestro ojo capta por el “filtro del alma”, para que la fotografía que tomemos sea una versión personal de la realidad que vivimos acelerada cada día.

¡Tranquilo!, ¡respira! Y ahora desliza el dedo por tu pantalla táctil. Tu visión del patrimonio cultural, de un paisaje o de una cultura distinta está dando la vuelta al mundo.

 

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Número de artículos : 234

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