Oporto, el antiguo Portus Cale que daría nombre a todo el país, fue un punto estratégico en las comunicaciones a través del río Duero y del Atlántico. Este activo puerto, situado en los confines de la Europa medieval, se hallaba protegido por un castro militar, en cuyo centro, aún hoy, se eleva la catedral románica, como imponente fortaleza flanqueada por torres y coronada por almenas.

Canal Patrimonio_Jaime Nuño González

Vista de la ciudad de Oporto

Durante los siglos XI y XII Europa asiste a un verdadero génesis. Lejanos ya los tiempos de las segundas invasiones –vikingos, musulmanes, eslavos–, los jóvenes estados empiezan a organizarse y consolidarse, dando poco a poco forma a los que, a la larga, conformarán los actuales países. Fue entonces cuando surgen la mayoría de pueblos y ciudades que hoy conocemos, cuando las jergas del pueblo se van imponien do al viejo latín hasta transformarse en las lenguas modernas y cuando una cultura común se extiende desde Escandinavia hasta el Mediterráneo y desde las riberas del Mar Negro hasta las del Atlántico. Esta cultura, que cuenta con ciertos sustratos de los antiguos pueblos indígenas, se afianza especialmente sobre la herencia de la Roma clásica, a la que se suman aportaciones de las distintas naciones que han ido llegando a territorio europeo siglo tras siglo. Pero será el cristianismo el que ejerza como amalgama de todo ello, configurando una forma de pensar, de expresarse y de vivir que trasciende a las fronteras de los distintos estados y territorios en lo que será la primera gran cultura paneuropea, cuya herencia, aún hoy, sigue muy viva.

El Románico es la brillante manifestación artística de ese crucial periodo, unas obras que siguen identificando a Europa y que, frente a las producciones de etapas posteriores, se caracterizan por su originalidad, versatilidad y, sobre todo, por su amplia distribución espacial y su marcada implantación rural. El Románico es hijo de un tiempo y su conocimiento ayuda a comprender una época tan compleja como fue la Alta Edad Media, pero sobre todo ayuda a entender la singularidad de Europa y de cada una de las distintas regiones, porque junto a la unidad del lenguaje plástico conviven modismos regionales. Su origen y desarrollo vino determinado por una serie de circunstancias generales en el continente: fin de las amenazas externas, relativa estabilidad sociopolítica –e incluso climatológica–, consolidación de las monarquías, reorganización administrativa, desarrollo económico, crecimiento demográfico, mejoras tecnológicas… a lo que hay que sumar el papel de la Iglesia –y especialmente de los monasterios benedictinos– como urdimbre entre los distintos estados y personas. Junto a ello, las condiciones particulares de cada territorio, su ubicación, su tradición e incluso la existencia de unos u otros recursos naturales serán determinantes a la hora de interpretar de una manera más personal, más peculiar, las grandes líneas maestras del románico y de la cultura que representa.

Capitel de San Lázaro de Autun

En unos lugares más que en otros, pero siempre de forma general, la estabilidad y el crecimiento aportaron unos excedentes económicos –como no se había conocido en siglos– para promover grandes edificios y objetos suntuarios, pero también facilitaron el comercio, el intercambio y el viaje. Arrieros, comerciantes, artesanos, artistas, peregrinos, soldados, embajadas, predicadores… pueblan los caminos, llevando consigo el dinero, las noticias y las ideas, que así se difunden hasta los rincones más apartados. Resulta apasionante adentrarse en este mundo y conocer a esas personas; es lo que desde hace muchos años trata de hacer la Fundación Santa María la Real del Patrimonio Histórico a través de la herencia que nos dejaron, a través del Arte Románico, poniendo para ello en marcha estudios y publicaciones –como la Enciclopedia del Románico en la Península Ibérica–, cursos, talleres, exposiciones… y ahora también itinerarios culturales

 

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IMÁGENES: Vista general de la ciudad de Oporto, en Portugal,  y detalle de un capitel del interior de la catedral de San Lázaro de Autun en Francia. Archivo Fsmlrph_Jaime Nuño y César del Valle