Una de las instituciones más conocidas de la Edad Media y cuyo eco trasciende hasta nuestros días, es sin duda la de las órdenes militares. Nacidas en pleno siglo XII en el contexto del feudalismo clásico, las cruzadas y la revalorización de la caballería y el monacato, las órdenes militares son en primer lugar instituciones religiosas, sujetas a una regla y a la protección pontificia; pero también tienen una fuerte vertiente militar, lo que les dota de una gran originalidad, ciertamente controvertida y no solamente para la mentalidad actual, sino también de la época. La primera orden militar fue la del Temple (1118), apoyada por uno de los intelectuales más influyentes del siglo XII, San Bernardo, que escribió su famosa Liber ad Milites Templi que acalló las voces críticas de otros miembros de la Iglesia como Pedro el Venerable, Isaac de la Estrella o Walter Map quien argumentaba que “para proteger la Cristiandad empuñan la misma espada que le fue arrebatada a Pedro cuando intentaba defender a Cristo”.

Un artículo de David Gallego y Jesús Manuel Molero

 

Los miembros de estas instituciones son conocidos como freires, del francés frère (hermano), y se hallaban sujetos a la disciplina y votos del monacato (obediencia, pobreza, castidad) a los que sumaban un cuarto voto destinado a la defensa armada de la Iglesia y la fe cristiana. Los principales enemigos de esa fe eran los musulmanes de Tierra Santa y de España, los paganos del Báltico y de las tierras situadas al este del Elba, la Iglesia cismática bizantina y, en fin, los herejes de la Cristiandad. El prestigio adquirido por el Temple hizo que pronto surgieran otras congregaciones que imitaron su ejemplo, como la Orden del Hospital (1160) o la de Santa María de los Teutones (1198), también en Tierra Santa, instituciones religiosas que se militarizaron a lo largo del siglo XII y que al igual que el Temple extendieron pronto sus dominios por toda Europa. En la Península Ibérica surgen también órdenes militares de alcance territorial como son la Orden de Calatrava (1158), la de Santiago (1170), la de Alcántara (1173), la de Avís, y luego ya en el siglo XIV, tras la disolución del Temple, la Orden de Montesa en Aragón (1317) o la del Cristo en Portugal (1319).

La Península fue un lugar destacado de acción directa de estas instituciones, al ser tierra de frontera, que recibía numerosos privilegios y donaciones de papas, reyes y particulares. Entre estos bienes destacaron casas, tierras y sobre todo castillos, pues no en vano los reyes hispanos quisieron desde muy pronto convertir a estas instituciones en sus más fieles garantes para la seguridad del reino, su expansión, y el fortalecimiento de la monarquía. Las órdenes se convierten así desde finales del siglo XII en grandes señores, extendiéndose sus dominios por toda la Península, y en particular por la Meseta meridional, dado que en aquella época era el espacio de confrontación por excelencia entre el Islam y el Cristianismo.

 

Salvatierra

 

Como tales señores ganaron, recibieron y construyeron numerosas fortalezas, edificios que no responden a un modelo único, sino que se adaptan a las necesidades y avances técnicos de cada momento. Así, en un primer momento predomina el llamado castillo roqueño, una fortaleza encrespada fruto de las necesidades militares sobre el resto de las consideraciones. La mayoría de estas construcciones no son nuevas, sino heredadas del pasado musulmán, aunque pronto se realizaron obras de mejora y de adaptación a las necesidades político-militares y religiosas de sus nuevos titulares, entre las que cabe destacar la aparición de los primeros castillos-convento. Más adelante, en la Baja Edad Media, el castillo evoluciona, se adapta a los cambios que afectan a los usos de la guerra y a la naturaleza y objetivos fundacionales de estas milicias. En efecto, se fue produciendo una progresiva secularización de las órdenes a lo que se suma, en zona de retaguardia, una disminución de las necesidades militares, lo que afectará sin duda al estado de las fortalezas.

En esta época se abandonan algunos castillos, situados en lugares apartados, sin ningún valor estratégico o militar y poco atractivos desde el punto de vista de la explotación económica. Por el contrario, aparece el llamado castillo-casa de la encomienda, con predominio de las funciones residenciales y rentistas, aunque suelan conservar la gran torre del homenaje. Finalmente surgirán las adaptaciones a la artillería de pólvora, aumentando las defensas pasivas y agazapándose los muros para protegerse del tiro rasante enemigo, abriendo amplios fosos y construyendo baluartes. No obstante, en tierras de órdenes militares, lo que advertimos en la mayoría de los casos es la transformación del viejo castillo medieval en casas nobles solariegas o en palacios renacentistas.

El conocimiento y la valorización de este patrimonio es cada vez más amplio y riguroso, fruto de la sociedad y sus representantes. En la investigación, el uso combinado de las fuentes escritas y de las distintas metodologías arqueológicas está permitiendo comprender mejor la evolución constructiva de estos castillos y sus usos.

 

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