Somos casi de la misma edad. De hecho, tiene un año menos que yo y al leerle, al documentarme para entrevistarle, me planteo qué he hecho yo con mi vida. Es periodista y escritor. Ha publicado una decena de libros, entre ellos, el que centra esta entrevista, La España Vacía. No comparto todos sus planteamientos, pero en muchos aspectos le siento muy cercano y charlar con él, aunque sea por teléfono, mientras se mueve entre fogones, corrobora mi intuición. Me atiende como si no hubiese algo más importante para él en ese instante, aún a riesgo de quemar el guiso. Se agradece.

 

Canal Patrimonio_Carmen Molinos

 

Aunque no viva aquí, ni tenga intención de hacerlo, ha pateado este territorio y habla desde el conocimiento, sus palabras invitan a desperezarse, a dejar a un lado el victimismo y a apostar por la acción directa en el territorio, por no esperar a que otros te resuelvan la papeleta. No le falta razón. El Estado, dice, debe desprenderse de la actitud dirigista y apostar por un tono facilitador porque hay múltiples ideas, pero es necesario dejar que se pongan en marcha…

Vivo en esa parte de España que hemos dado en llamar vacía o vaciada y nunca me había planteado la situación en términos de heterofobia, de odio al otro, quizá, porque no lo he vivido o porque me ha sido fácil superarlo, ¿crees que a nivel general podremos romper esas fronteras entre campo y ciudad?

Sí, se rompieron hace tiempo, cuando desapareció la cultura secular campesina. Lo que vivimos ahora no es un conflicto entre campo y ciudad, sino entre ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Es un conflicto más político que cultural. El mundo campesino que se regía por otros ritos, por un calendario distinto al de la ciudad, por un sentido de la autoridad más rígido, ha desaparecido. Da igual dónde se viva hoy, vivimos en una misma cultura, compartimos un mismo universo. Todos vemos las mismas series y las mismas películas. No hay un conflicto, se superó por desaparición de una de esas culturas. El problema ahora mismo es político y es como más insalvable se vuelve. Es más fácil de superar, porque bastaría con un proyecto de país, pero también más difícil de articular porque tiene que ver con financiación, con recursos que no existen y con un modelo social
que perjudica seriamente a las personas que viven en la España Vacía.

Últimamente la despoblación ha pasado a la agenda política, pero a quienes vivimos en los pueblos no acaba de sonarnos creíble, ¿al Estado le interesa esta situación atípica de extensiones vacías y ciudades superpobladas?

No. No hay un interés ni una conspiración. Es el país que te ha venido dado y lo gestionas como puedes. Gestionar un país que pretende ser descentralizado no es fácil. Tener una población muy extensa y grandes áreas poco pobladas es un problema. Desde un punto de vista autonómico es difícil de gestionar y a nivel estatal, importa poco. Precisamente por eso no ha llegado a la agenda política hasta hace dos días. Pero, no creo que haya un interés, sino más bien, un desinterés. La situación no importaba a nivel nacional, no se contaba con esos votos. Incluso el sistema electoral estaba diseñado para que los grandes partidos se beneficiasen de la situación. Pero, ha ocurrido algo en la sociedad española, no solo en la España Vacía, es un cambio de sensibilidad en todo el país. La despoblación ha pasado de no ocupar ningún espacio de debate a estar en las agendas, porque se ha producido una toma de conciencia de algo que estaba ahí, pero que no veíamos como un problema político o de país. Esa toma de conciencia la han recogido los políticos y la han incorporado a sus programas, pero creo que, de momento, solo como guiños o como brindis al sol. No hay ni voluntad ni imaginación para solucionar nada. Detrás de eso late el convencimiento de que no se puede hacer nada, salvo una foto, que les reporte un beneficio electoral.

Al final de tu libro reclamabas que debíamos tomar conciencia de la situación, para que esa España Vacía realmente llegue a existir. Ahora comentas que ya se ha producido esa toma de conciencia, ¿y ahora qué?

No lo sé. Es un proceso muy largo, pero el punto más importante es tomar conciencia, que se considere un asunto de ciudadanía, de derechos políticos, que toda la sociedad española se sienta implicada con él, que sepa que no puede permanecer ajena, porque se trata de que hay una parte considerable de la población, en torno a 10 millones de personas, que no son pocas, se sienten parte de un país desgajado, perciben que sus preocupaciones no forman parte de la nación y que son una ciudadanía disminuida. Eso, en términos democráticos, no nos lo podemos permitir y debería ser suficiente para generar un debate que no sé a dónde nos puede conducir. No creo que a la repoblación, ni a revertir el mapa o a devolver la pujanza económica a sitios absolutamente desactivados. Pero si cunde el compromiso de no permitirnos que haya ciudadanos de segunda, entre todos podemos trabajar para que los poderes públicos, el Estado se comprometa a mantener los servicios, a no primar los criterios de rentabilidad económica. Esto puede ser caro, pero nos sale más caro aún no atender las necesidades de quienes viven en territorios aislados. Es una labor de vigilancia y presión constante, que un movimiento político bien encauzado puede mantener y que no sé hasta dónde nos llevará, pero, sin duda, más allá de la foto, la moda pasajera o los fines electoralistas.

Tu libro surgió tras el trabajo de años de plataformas como Soria ya o Teruel Existe y alumbró el surgimiento de nuevos movimientos que ya no hablan tanto de España Vacía como de España Vaciada, ¿qué opinión te merecen estas nuevas corrientes?

Algunos movimientos llevan trabajando mucho tiempo, sin demasiada visibilidad, salvo un momento puntual a finales de los noventa, cuando lograron una pequeña repercusión nacional, pero su presencia ha sido más local o regional. Ahora sí, han cobrado mucha más fuerza. Debo reconocer que yo asisto perplejo a esa corrección un poco fea del concepto “España Vacía”, que para mí, como escritor, era y es más poético que político. Me permitía un mayor juego literario y creo que, precisamente, parte del éxito, radica en la potencia o el enganche que tiene. No pretendía que calase tanto, yo solo quería escribir un libro. Pero, una vez que el concepto ha cuajado en la sociedad, por qué en lugar de aprovecharte de ello, te dedicas a corregirlo, a ponerlo más feo, a desvirtuarlo, para darle un matiz que políticamente, creo erróneo, porque retrotrae el movimiento a unas posturas victimistas que ya estaban superadas. Uno de los problemas de estas plataformas de lucha contra la despoblación es quedarse ancladas y entrar en bucle para reclamar constantemente al Estado, pidiendo inversiones, alertando del abandono y con un tono victimista que aleja a quien lo escucha. Si el libro había conseguido desvincularse de esa corriente, aprovéchate, en lugar de rearmar viejas tendencias más próximas a tus intereses particulares. Esto es más importante que la militancia en una plataforma. Estrategias así pueden contribuir a desinflar el movimiento y a acabar con él.

La institución en la que trabajo, la Fundación Santa María la Real, lleva años apostando por el desarrollo territorial, por aprovechar recursos y por cambiar desde la acción directa. Seguro que, en tus muchos paseos por la España Vacía, tú también has encontrado casos ejemplares en este sentido…

 

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