El obelisco egipcio que preside uno de los rincones más visitados de Central Park en Nueva York, conocido como “la aguja de Cleopatra”, así como la simbología de estos monumentos a lo largo de la historia ocuparán la exposición que puede verse ya en el museo Metropolitan (Met).

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EstudioMET_EFE

Conocer cómo el obelisco ha servido para proteger templos egipcios, seducir a papas católicos, presidir plazas en París y Londres o simbolizar la democracia en Estados Unidos son algunos de los interrogantes que, hasta el 8 de junio de 2014, la exposición “Cleopatra’s Needle” revelará a los visitantes. “Ése es el sentido de esta exposición. Hacer entender que hay una larga historia detrás y su sentido cambia constantemente. Empieza como un símbolo solar en Egipto para proteger la entrada de los templos. Posteriormente, cuando César fue a Egipto, estaba muy interesado en ese monumento, tanto que creó otros nuevos y algunos se los llevó a Roma”, explicó la comisaria de la exposición Diana Craig Patch.

Esta muestra está presidida por una videocreación, que observa cómo la luz afecta a lo largo del día a esa “aguja de Cleopatra”, así como por los relieves de la época de Tutmosis III, la misma de la que procede el único obelisco egipcio de los Estados Unidos. En la exposición se podrán observar además los grandísimos libros que se escribieron sobre el obelisco en la era napoleónica. “Cuando Napoleón viajó a Egipto llevó con  él  a 200 científicos, historiadores del arte y artistas, para estudiar el país casi palmo a palmo”, aseguró Craig Patch.

Simbolismo fálico

También se reflexionará sobre cómo existe un simbolismo fálico en esta columna, que emerge de la tierra y se erecta hasta el cielo. “Es un concepto moderno, pero no cabe duda de que en Egipto lo reconocían como un símbolo de generación. El triángulo que corona a todo obelisco es en homenaje al dios Re, fuente del mundo”, explicó la comisaria. Esas connotaciones no impidieron que la iglesia católica asumiera el monumento como suyo, tal y como puede verse en la plaza del Pueblo, en Roma, o en la de San Pedro del Vaticano.

“En el Renacimiento, los papas decidieron reconfigurar Roma, cambiaron la disposición de las calles y encontraron sepultados varios obeliscos. Les gustó el monumento y lo colocaron en muchas de sus plazas. Era para ellos un símbolo de una antigua civilización que duró mucho tiempo. Un símbolo que unía tierra y cielo, poder y eternidad”, agregó Craig Patch. Y todo ello no impidió que dos obeliscos del siglo XV antes de Cristo, uno en Londres y otro en Nueva York, sean conocidos como “la aguja de Cleopatra”, aunque nunca estuvieran realmente vinculados a la emperatriz de la famosa nariz.

El virrey de Egipto, Ismail Pasha, donó a ambos países las históricas piezas, erigidas en la ciudad de Heliópolis y de 21 metros de altura, para estimular el interés de los inversores ingleses y estadounidenses en el país de las pirámides, que en aquel 1881 había perdido el atractivo de otras épocas.

En lo referido al obelisco que sigue presidiendo Central Park casi 125 años después, se tardaron solo en trasladarlo desde Staten Island hasta Manhattan seis meses y solo pudo ser colocado gracias a la ayuda económica del millonario William H. Vanderbilt, por lo que la implicación de los grandes capitales de Nueva York en el arte y cultura egipcios fue un éxito inmediato.

IMAGEN:  Reproducción fotográfica cedida por el Museo Metropolitano de Nueva York, de la obra “The Piazza del Popolo, ca. 1750” de Giovanni Battista Piranesi (Italiano, Mogliano Veneto 1720-1778 Roma).  EFE/Museo Metropolitano de Nueva York