Hay una Alhambra real y una Alhambra imaginada, un palacio que fue residencia de reyes, sede de gobierno y escenario de intrigas y un complejo arquitectónico poblado de personajes extraordinarios y de variopintos individuos que emocionaron a los escritores románticos.

Canal Patrimonio_Jaime Nuño González

Alhambra, Granada

La exuberancia de unos espacios concebidos para el disfrute de una élite, para la privacidad, para el sosiego, contrasta con el bullicio de los humildes y el hollín de sus fogatas, los zalameros poemas que decoran los muros con el guitarreo del cante jondo, ya cuando la escritura de aquellos versos resultaban incomprensible. A la gumía en el fajín de seda, dispuesta para la intriga, le sucedió la chaira en la faja de lana, a punto para el ajuste de cuentas, siempre en ese entorno espectacular, unas veces brillante, otras oscuro. En el recuerdo colectivo conviven la Alhambra real y la imaginada, la histórica con la soñada, sin que lleguemos a saber con certeza dónde empieza una y acaba la otra. Ese quizás sea uno de sus lastres, pero sin duda es también uno de sus mayores atractivos, porque en la Alhambra todo cabe y si el historiador debe ser riguroso con la Historia, los demás, quienes no estén sometidos a ese principio profesional, pueden imaginar perfectamente sus historias. Y la Alhambra es un marco favorecedor.

 

Como no podía ser de otra manera, su origen se encuentra rodeado de un halo nebuloso, como su propio nombre La Roja, que para unos proviene del revestimiento primitivo de sus muros –compartido por tanto con el de las Torres Bermejas–, para otros del aspecto que tenía durante su apresurada construcción en un primer momento, bajo la luz de las antorchas; hay también quien sostiene que lo tomó del primer rey nazarí, al-Ahmar, El Rojo, por el color de su pelo –quien fue además su verdadero promotor–, pero hay quien simplemente dice que lo obtuvo del tono de las tierras de la colina en que se asienta. Sea de una manera u otra, por todas juntas, e incluso por el intenso tono que adquiere con el sol del atardecer, lo cierto es que la fortaleza roja sigue deslumbrando hoy con su poderosa estampa del mismo modo que lo ha hecho durante los últimos mil años.

 

Entre las postrimerías del siglo IX y los comienzos del X, las guerras civiles que asolaron al-Andalus parece ser que llevaron a la primera construcción de un castillo o alcazaba en el extremo de la colina de la Sabika. Las crónicas que por esos tiempos relatan la rebelión del muladí Omar Ibn Hafsun cuentan el ataque de éste a Granada y la defensa que allí hizo el gobernador Sawwar, quien además habría sido su constructor. Ya entonces era conocida como al-Hamra, aunque no debía de ser más que un sencillo pero poderoso castillo sin artificio decorativo. Probablemente esa fortaleza languideció durante siglo y medio, hasta que a mediados del XI Samuel Ibn Nagrella, visir del rey de la taifa granadina Badis, primer monarca de la dinastía zirí, la reconstruyó para convertirla en su residencia, en la que finalmente sería asesinado. Junto a la alcazaba ya existían por entonces un conjunto de viviendas de relevancia, entre las que se especula pudiera estar también un palacio real.

 

El palacio de al-Ahmar, un paraíso avanzado en la tierra

 

Alhambra, Granada

Pero la Alhambra que conocemos se debe sobre todo a al empeño y la munificencia de Muhammad Ibn Yúsuf Ibn Ahmad Ibn Nasr, llamado al-Ahmar, fundador de la dinastía nazarí en 1237 y que desde 1238 hasta su muerte en 1273 decidió reconstruir la maltrecha alcazaba y levantar, junto a ella, un suntuoso palacio para fijar en él su residencia. Como símbolo de su estado Muhammad I buscó un lugar poderoso pero benigno, rodeado de fuertes murallas y magníficas puertas, en cuyo interior reinara el deleite, con aguas frescas y abundantes, frondosos árboles, cuidados jardines, aromas y colores, poesía y belleza. Un Paraíso avanzado en la tierra. Sus sucesores, especialmente Yúsuf I (1333-1354) y Muhammad V (1354-1391), siguieron engrandeciendo la obra palaciega del padre de la estirpe, con nuevos salones, otros palacios para tiempos y usos diferentes, cada vez más suntuosos, cada vez más imaginativos.

 

Durante los siglos XIII y XIV la Alhambra adquiere fundamentalmente la estructura que ha llegado hasta nosotros, una ciudadela en la que no sólo se erige una nueva alcazaba y unos palacios reales, sino que los palacetes de familias nobles y las casas de los pudientes, conviven con barrios de artesanos, baños o varias mezquitas. Por desgracia muchos de estos elementos, especialmente los más sencillos, fueron los primeros en desaparecer, aunque poco a poco se van conociendo gracias a las excavaciones arqueológicas.

 

Un rápido paseo por todo este conjunto puede iniciarse por la Alcazaba, en el extremo oeste, potente construcción flanqueada por sólidas torres cuadradas a las que en época cristiana se añadió una semicircular, la del Cubo. Entre todas destaca la Torre de la Vela, emblema de la ciudad, donde se alzó el estandarte de los Reyes Católicos tras la toma de 1492. En el patio central se hallaba un intrincado caserío para la soldadesca, que hoy se intuye gracias a los trabajos arqueológicos.

 

Dos mundos enfrentados y complementarios: el militar y el cortesano

 

Alhambra, Granada

 

Sin embargo en la Alhambra nazarí hay dos mundos, aparentemente enfrentados pero necesariamente complementarios, el del militar y el del cortesano: junto al muro recio del alcázar, se levanta la delicadeza del palacio, ante la sobriedad de lo castrense se erige la aparatosa filigrana de lo áulico, cada cual en su sitio, cada espacio para su gente. No obstante la verdadera personalidad de la Alhambra se encuentra en esos maravillosos palacios, esas arquitecturas soñadas por los sultanes granadinos para el disfrute propio y de los suyos y para asombro de los ajenos. Y la fascinación de los ajenos fue tan grande que cuando el reino sucumbió, los conquistadores mantuvieron su admiración y durante muchos años su estructura.

 

Los palacios nazaríes fueron al menos media docena, vinculados a distintos sultanes, aunque hoy se agrupan en tres conjuntos: el Mexuar, Palacio de Comares y Palacio de los Leones. De los tres el Mexuar es el más antiguo y el más transformado en época cristiana; servía de zona de audiencias, de oratorio privado del sultán y allí se ubicaba buena parte de la administración del estado. Durante el siglo XIV fue aquí donde los reyes granadinos daban audiencia, en el Cuarto Dorado, al que se accede a través de un bello pórtico de tres arcos.

 

Frente al mentado pórtico se halla la entrada al Palacio de Comares, construida en 1370 por Muhammad V rematando el conjunto palaciego que levantó su padre Yúsuf I. Es una digna fachada para una residencia suntuosa, donde el sultán presidía algunas ceremonias, flanqueado por dos puertas y protegido por un gran alero de madera. Su carácter emblemático y alegórico queda reforzado por algunas de las inscripciones que figuran en las yeserías: “Mi puerta es una bifurcación de caminos… el Occidente cree que en mí está el Oriente”. Este palacio se articula en torno al gran Patio de los Arrayanes o de la Alberca, sutil, sencillo pero de extrema elegancia, dominado por el agua que fluye con una parsimonia apenas perceptible, un espacio interior abierto al cielo azul. En su entorno se disponen las viviendas de la familia real, un baño y, en los lados cortos, el llamado Pabellón Sur, con su pórtico bajo y su galería alta –imaginario serrallo de escritores orientalistas o, más seguro, lugar de formación para los futuros sultanes– y, en frente, la Torre de Comares, albergando el espectacular Salón del Trono o de los Embajadores. Todo en este salón, su estructura, la decoración, la epigrafía, simboliza el poder de Dios y, por ende, de los sultanes granadinos; yeserías, alicatados, carpinterías y vidrios pregonaban con vivos colores –hoy muy perdidos– la inmensa obra del Universo; la complicada techumbre de madera describe los siete cielos que el creyente ha de cruzar para llegar al octavo, representado por una pequeña cúpula de mocárabes, donde se encuentra el Paraíso. Y en el centro, arropado por todo, el trono del sultán, su lugar en el mundo, el sitio donde con toda pompa recibía a los embajadores…

 

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