Es el título del libro publicado recientemente por el Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”. En él los arqueólogos Alonso Domínguez Bolaños y Jaime Nuño González nos acercan a la historia del castro conocido como El Cristo de San Esteban, a orillas del río Esla. Hasta allí nos traslada también este artículo de Jaime Nuño, que resume la esencia del libro y recoge la memoria de un mundo ya extinguido.

Canal Patrimonio_Jaime Nuño González

Jaime Nuño. Presentación Libro

Muchos de los lugares habitados a lo largo de la Historia son anónimos. No se conocen sus nombres ni quiénes los habitaron, ni su devenir. El mundo está lleno de sitios así, silenciosos, hasta que llegan los arqueólogos y empiezan a exhumar restos y a recomponer un pasado que poco a poco va tomando forma. Más raro resulta que un yacimiento arqueológico aporte datos sustanciosos sobre gentes que nunca habitaron en él, y esto es lo que pasa en el castro conocido como El Cristo de San Esteban, situado a orillas del río Esla, casi en su confluencia con el Duero, muy cerca de San Pedro de la Nave.

Estela Funeraria. Soldado Julio hijo de Arro

El asentamiento se conoce desde hace muchas décadas y antes de que empezara a ser excavado se consideraba como un castro de la Segunda Edad del Hierro, rodeado de una muralla, que más tarde sería romanizado. Tales conclusiones se derivaban de su aspecto topográfico y del hecho de haberse hallado en él algunos fragmentos de estelas funerarias romanas y una gran escultura zoomorfa, un «verraco», que igualmente portaba una inscripción funeraria en latín.

Así estaban las cosas hasta que en la década de 1990 se empezó a llevar a cabo un gran proyecto de reforma de la carretera N-122 que incluía un puente para salvar el embalse de Ricobayo, lo que suponía que el nuevo tramo iba a atravesar de lleno este yacimiento. Ante tal circunstancia se puso en marcha una amplia excavación arqueológica, cuyos resultados han aportado una nueva y muy distinta visión del castro. Aunque sí hubo asentamiento durante la Primera Edad del Hierro, pronto se abandonó el poblado y así permaneció durante muchos siglos, hasta que a finales del IV d.C. empezaron a llegar de nuevo gentes, primero de forma muy precaria, para después, ya durante el siglo V y VI, establecer un verdadero poblado, con cabañas muy humildes, pero que, ahora sí, se rodearía de una potente muralla. A juzgar por las estructuras y los materiales, El Cristo de San Esteban fue un poblado encuadrado dentro de los procesos vinculados a las invasiones germánicas, en el que al menos parte de su población manejaba armas, a veces de procedencia oriental ‒características de los hunos o de los ávaros‒, y cuya función primordial era controlar un antiguo vado sobre el río Esla, en un territorio que formaba parte de la frontera entre suevos y visigodos. Muy posiblemente era un poblado suevo, puesto que desapareció en un momento que viene a coincidir con las campañas del rey visigodo Leovigildo que culminaron con la conquista y desaparición de aquel reino en el año 584.

Detalle excavación de la muralla

La muralla es la estructura más importante de este asentamiento, pero su irregular construcción denota cierta urgencia, con refuerzos sucesivos que en algún punto llegan a sumar un espesor cercano a los 8 metros. Entre el material empleado para esta fortificación se rescataron numerosas piezas de cronología romana, fechables entre mediados del siglo I d. C. y principios del III d. C., una época en la que el poblado estaba completamente vacío, incluso desde hacía varios siglos. Sin duda estas piedras fueron transportadas desde otro sitio, quizás aguas arriba del Esla, y aunque esta circunstancia de momento es una incógnita, tales restos sí ofrecen interesante información de ese otro desconocido lugar. Se rescataron 179 fragmentos, todos de granito, 127 de los cuales corresponden a piezas funerarias, de ellas 109 estelas y 18 zoomorfos; además 5 aras votivas, 38 elementos arquitectónicos y otros 9 tallados pero sin una función clara. Aunque su fragmentación era enorme y los epígrafes muchas veces dificilísimos de leer, se pudieron identificar 38 nombres de personas (22 varones y 16 mujeres), de los cuales un 78% son de filiación indígena y un 22% latina. Igualmente, de las 31 inscripciones en que se podía identificar el sexo del difunto ‒aunque no necesariamente el nombre‒, 9 correspondían a hombres y 22 a mujeres, e igualmente se constató la edad de 2 años para el difunto más joven y de 90 para el más viejo, que en ambos casos eran mujeres, siendo la media de edad de los fallecidos de 30,5 años, dato que encaja con otros estudios realizados sobre la población de la Hispania romana.

Vista aérea actual del yacimiento

Notable interés tienen también los distintos elementos arquitectónicos, que nos hablan en algunos casos de construcciones relevantes, casi monumentales, lo que ofrece una nueva perspectiva sobre la romanización de la zona, con un carácter más urbano, frente a la tradicional consideración de que se trataba de un espacio netamente rural.

No resulta fácil encajar estos testimonios dentro de un contexto histórico preciso o, mejor dicho, dentro de sus varios contextos, porque llegaron a la muralla de El Cristo de San Esteban después de su primera función, funeraria o edilicia, y de un segundo uso más impreciso en la mayoría de los casos y que terminó con un incendio. Quienes saquearon aquella población ‒no sabemos si ya abandonada o todavía no‒ para llevarse sus piedras, transportaron también con ellas parte de la memoria del lugar, una memoria difícil de recomponer, pues de ella solo se han rescatado 179 fragmentos, piezas rotas y erosionadas que, no obstante, constituyen una hermosa fotografía de aquel mundo extinguido.

Imagen de la presentación del Libro

 

DATOS DEL LIBRO

Título: Lapidario romano procedente de «El Cristo de San Esteban», Muelas del Pan (Zamora). Retazos de un mundo en 179 fragmentos.
Autores: Jaime Nuño González y Alonso Domínguez Bolaños.
Edita: Instituto de Estudios Zamoranos «Florián de Ocampo».
Lugar y fecha: Zamora, 2019.
Formato: 29,5 x 24,5, tapa dura, 260 páginas y 1 desplegable, con 247 ilustraciones.