Las monjas de los monasterios medievales se saltaban con frecuencia la clausura, y salían habitualmente para visitar a su familia o confirmar donaciones a los conventos, en los que también entraban laicos a las zonas de recogimiento.

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Así se refleja en un proyecto de investigación en el que participa la Universidad de Oviedo y que desmonta algunos de los tópicos más extendidos vinculados a la vida monástica de las religiosas en los reinos peninsulares durante la Edad Media. La novedad del proyecto radica, según la profesora de Historia del Arte, Raquel Alonso Álvarez, en que investiga, desde una perspectiva de género, cómo vivían las religiosas en los reinos peninsulares entre los siglos XII y XVI.

Se trata, según Alonso, de un tema “muy poco estudiado en España” y, pese a que el proyecto todavía está en curso dado que su finalización está prevista para 2017, ya pueden extraerse algunas conclusiones preliminares “que acaban con algunas falsas creencias sobre la religiosidad femenina en los monasterios”.

Monasterios compartidos

Según la investigadora, era bastante común que el mismo monasterio acabara siendo compartido por comunidades femeninas y masculinas dado que los conventos de mujeres necesitaban capellanes para la asistencia sacramental. “En los más ricos, su número era elevado y, en la práctica, llegaban a establecerse dos comunidades en la que los capellanes entraban también a las zonas de clausura”, apunta Alonso que señala además que tampoco era raro que en estos monasterios llegaran a residir mujeres no religiosas. Así, pone como ejemplo la figura de la domina, una laica, perteneciente a la familia fundadora, que gestionaba los aspectos económicos del convento y que llegaba incluso a imponer su autoridad sobre la madre abadesa.

Convento de San Pelayo

Algunos de los mitos a los que se refiere esta profesora se observan en el caso del convento de San Pelayo, cuya fundación dio origen a la ciudad de Oviedo, y que durante un tiempo funcionó de forma conjunta con la comunidad masculina del que se convertiría en el vecino monasterio de San Vicente.

“Una vez separadas ambas instituciones, guardaron una relación de gran cercanía que es clave para entender algunos aspectos de la historia de ambos monasterios”, según la investigadora Laura Cayrol, que destaca además la importancia de San Pelayo como monasterio de fundación regia, protegido durante siglos por la monarquía.

Así, llegó a formar parte del Infantado -herencia destinada a las hijas de los reyes leoneses- y en él residieron varias mujeres del entorno regio y el hecho de que fuera un monasterio poderoso donde que la intervención laica -regia y aristocrática- desempeñó un papel fundamental, explica cierta laxitud en el respeto de la clausura.

“La vida monástica estaba más condicionada por el estatus social elevado de las monjas que por su condición de religiosas”, concluye Cayrol, que matiza que esta laxitud en el respeto a la clausura y la cohabitación de comunidades de mujeres con colegios de capellanes afectan sobre todo a las órdenes benedictinas y cistercienses y no a las más modernas (franciscanas y dominicas).

El trabajo, que lleva por título Paisajes espirituales, está liderado por el Institut de Recerca en Cultures Medievals de la Universitat de Barcelona y la institución académica asturiana aporta investigaciones sobre los monasterios de Santa María de las Huelgas, en Burgos, y el ovetense de San Pelayo.

IMAGEN: Fotografía facilitada por la Universidad de Oviedo de la profesora de Historia del Arte Raquel Alonso. EFE